Semana Santa: épocas inolvidables en Monguí

 

La Semana es más Santa en la Ruralidad

¡Recuerdos inolvidables!




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Por Luis Eduardo Acosta Medina




A las cuatro de la mañana/ 
al amanecer el día/
me salió un aparato/ 
y uy uy uy mamita mía/
ese aparato tenía cuatro cuernos afilados/ 
tenía candela en la boca/ 
y tenía tremendo rabo/




Imposible iniciar nuestra crónica, sin recordar la primera de las dos canciones que Osvaldo Rojano grabó con el titulo de 'El Aparato', de la autoría de Edgardo García.



La primera con Los Hermanos Sarmiento y la segunda, de la autoría de Calixto Ochoa con el acordeón de Virgilio De La Hoz. 



En esas obras musicales se refieren ambos autores a los aparatos que antes salían en los caminos, los cuales dijo Dagoberto López en 'Costumbres perdidas', que ya no salen. Pensamos nosotros que temen a la inseguridad, porque ahora a nadie le niegan un tiro ni siquiera a los fantasmas.



Estamos nuevamente en Semana Santa, son días para el reencuentro, para las reminiscencias y para recordar la vida, pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo, quien partió de este mundo a su perenne encuentro con Dios,  como consecuencia de una gran injusticia, y nos pone de presente que es la envidia, la manifestación de lo mas bajo de la condición humana.



El hijo de José y María, - como suele suceder en nuestros tiempos -, no era bien visto ni entendido en su propia tierra, así como le sucedió a él, pasa cada rato frente a nuestros ojos.



De él se dijo: “¿Quien es ese hombre que hasta las aguas le obedecen?”, 



Hoy en día preguntan cuando un coterráneo obtiene algún triunfo ¿Y este de dónde apareció. Él quien se cree?  y lo menos grave que se dice es “Ese si tiene suerte”.



Están presentes en mi mente las noches de cielo estrellado y luna en cuarto menguante,  cuando en frente de cada casa había un clavo para guindar las lámparas de querosín con mechas que hacían con fieltro de los sombreros viejos.



Era el alumbrado público de entonces, porque no teníamos servicio de energía. En la puerta de la casa de Josefa Brito y mi tio 'Chombo' Medina, todos los muchachos y muchachas nos reuníamos sentados en el suelo, a echar cuentos de miedo.



Algunos que se inventaban allí, otros ya se habían escuchado. Hablábamos de la crucifixión de Jesús, de lo que los sacerdotes decían, de lo que habíamos leído en la Historia Sagrada, un libro que era obligatorio en nuestros estudios de primaria y que muy bien impacto nuestra primera infancia. Todos éramos hermanos, cercanos y todo se compartía.




Los días Jueves y Viernes Santo eran esperados por todos con gran alegría, porque eran cuarenta y ocho horas grises, el sol parecía entristecido y en todas las casas se hacían 'mogomogos'. Eran mazamorras de frijol rojo solo o con guineos manzanos maduros, mazamorra de maduro que la hacían con leche, coco y arroz, que era la preferida de mi vieja, .



Hacían arroz de leche, y dulces de distintos sabores, así como el famoso Chiquichiqui, que era el maíz tostado y molido, hervido con agua o con leche con suficiente pimienta, canela y endulzado con azúcar o con panela.



Todo  se hacía para compartir: el cruce de platos, totumas, olletas, olleticas, vasos y cantaritas de un lado para otro, hacían parte del paisaje. Eran días lentos y divertidos. La pasábamos comiendo y jugando.



La muchachada que cursaban estudios fuera del pueblo, todos regresaban. Inventaban paseos de olla para la quebrada de 'La Malucia', que es la misma Quebrada Moreno, o se iban a los arroyos de 'La Negra', para disfrutar el descanso en la Escuela Normal de Uribia, del Internado de Aremasain , y las Escuelas Vocacionales Agropecuarias de Fonseca y de Carraipia.




Recuerdo que durante una Semana Mayor, a escondidas de papá, mi prima Etilvia Medina me enseñó a jugar barajas, porque él decía que las barajas y el dominó, eran juegos de viciosos. Que los muchachos inteligentes no jugaban eso, que aprendiéramos a jugar ajedrez, pero a mi me parecía aburrido. Eso solo lo jugaba en la casa, mi hermano Amylkar, no se cómo hacia, pero jugaba solo.




Debajo del famoso 'Palito de Palle', colocaban una cucurubaca, mesas de juego de dominó y jugaban también 'fierrito' con naipes.




Apostaban plata y se armaban unas griterías entre competidores. Para jugar con la cucurubaca se usaban dos balines, que los traían los molinos 'Corona', que se usaban para moler el maíz todos los días para las arepas, porque la Harina Pan no existía.



Eso se conoció después, porque la traían la hermanas Peralta Rodríguez, Juana Celina Pinto, o Marquesa Medina, de Venezuela a donde iban a trabajar. 



También se organizaban galleras. Eran los lideres Miguel Campo, Palle Medina, Bernardo y Bicho Deluque. Me gustaba ver pelear a los gallos.




Allí siempre estaban los pasteles de cabeza de puerco, que hacían la tía Digna Rodríguez y Adelina Pérez. Eso era exquisito. Sabían a vinagre criollo.



Durante los que mis abuelos llamaban 'Días de guardar', se escuchaban historias inverosímiles que parecían reales por la confianza que nos transmitían con su seriedad, autodidactas contadores de cuentos, como un señor forastero que había en Monguí.



Su nombre era Leonel. Creo que dejó dos hijos con una dama monguiera. Él contó en el salón de mi casa, que en su pueblo, un niño le pegó a su madre un Jueves Santo y la tierra se abrió y se lo tragó.



Me impactó el tema y mucho más cuando complementó, - porque agregó que un espontaneo tratando de salvar al menor de las fauces del suelo, que se volvió a cerrar de inmediato -, intentó hacer una excavación y cuando clavó el pico en la tierra para excavar, atinó directo a la cabeza del muchacho y se la dividió en dos, me pareció espantoso, escarmentador y durante la noche no podía dormir, pensando en esa vaina y con miedo.



Durante los días previos al inicio de la Semana Santa, en cada casa había por lo menos un gajo de guineos manzano, largos o el famoso 'engorda coño', también conocido como guineo filo y en Venezuela, como popocho, 



Los llevaban para su maduración natural. Eran fundamentales para las mazamorras y los dulces. Igualmente se reservaba algún animal, generalmente un chivo, el cual se alimentaba con bejuco de melero durante varios días, porque era el escogido para 'romper la olleta', el domingo de resurrección, 



Era cuando terminaba el ayuno de carne, porque se decía que quien comía carne durante los días Jueves o Viernes Santo, estaba comiendo carne de Cristo. Eso se respetaba, era una tradición que desgraciadamente se ha perdido, porque las malas costumbres han desdibujado nuestros usos y costumbres. 



Se ha perdido la espiritualidad, pero no hay duda que las mejores Semanas Santas no se viven en las ciudades, sino en nuestros pueblos.



Está presente en mi mente aquel tiempo cuando Evaristo, mi padre encendía su radio transistor marca Sanyo, para que todos escucháramos el Sermón de las Siete Palabras, generalmente oyendo y comiendo de todo lo que mi vieja hacía, o recostado sobre las piernas de papá y le iba preguntando lo que yo no entendía.



Sus respuestas eran siempre seguras y tenia una paciencia infinita, para hacerme entender las cosas que en mi mente no cuadraban. 



Era un maestro de la palabra, por eso lo extrañamos tanto en estos tiempos cuando se escucha mas a los encantadores de serpientes, que a quienes se devanan los sesos estudiando para guiar a sus pueblos.



¡Cuanto añoro aquellos tiempos, cuando la falda de mi vieja era el lugar mas seguro para mi!



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Título Original: La Semana es más Santa en la Ruralidad

¡Recuerdos inolvidables!

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