‘Loly’ mi amiga desde la niñez
En mi niñez, en el colegio la Sagrada Familia, conocí muchas compañeritas, entre ellas a Carmen Aurora Wberth Freyle, más conocida como ‘Loly’, quien además de compartir dentro de la institución educativa, lo hacíamos en nuestros hogares, visitándonos con alguna frecuencia. Nos conocimos en 1959 e iniciamos la amistad intercambiándonos una fotografía de la Primera Comunión, la cual conservamos por siempre.
Por Gladis Marina Brugés Moreu.
‘Loly’ hija de José María ‘Chema’ Wberth Frías y Ernelda Freyle de Wberth, quienes me quisieron mucho; fui una más en esa familia. Este hogar estaba formado por los padres y diez hijos: siete hombres y tres mujeres, siendo mi amiga la mayor de las mujeres. Mis padres, Pedro Antonio Brugés Campo y Adalceinda Moreu de Brugés, tenían con ellos una buena amistad, y vivíamos solo a tres pequeñas cuadras de distancia; ambas familias nativas de La Guajira.
A veces, yo iba a hacer ciertas tareas en su casa y, en algunas oportunidades, su papá nos decía “Terminen rápido para llevarlas a cine” y así lo hacía, nos llevaba al teatro Aurora y nos ubicaba en el segundo piso, en las sillas que estaban a la entrada de donde se proyectaba el cine. Al terminar la función, iba a buscarnos. El teatro colindaba con el patio de su casa, donde se escuchaba perfectamente cuando iniciaba y terminaba la película. El teatro aún existe, abandonado frente al parque Padilla, plaza principal de la ciudad de Riohacha.
En vacaciones, con alguna frecuencia, jugábamos en el patio de la casa de ‘Loly’, con muñecas, ollitas, calderitos, juegos de té y otros ‘chocoritos’. En el patio había árboles frutales; recuerdo mucho la grosella verde, que comíamos en fruta o en dulce cuando su mamá lo preparaba.
‘Loly’ algunas veces iba a mi hogar. Salía corriendo desde su casa, por toda la carrera 9 con la calle 5, hasta llegar a la esquina de la calle 8 con la misma carrera 9, donde era mi residencia. Yo sacaba mis juguetes y los esparcíamos en un salón y comenzábamos a jugar, pero para mi amiga, lo más divertido de ir a mi casa era jugar con el hula-hula.
El juego del hula-hula consiste en hacer girar un aro alrededor de la cintura, las caderas, las piernas y los brazos, mediante movimientos rítmicos. Era un juego novedoso, sobre todo en Riohacha. Mi padre me lo trajo de Aruba en uno de sus viajes porque él era marinero. Nosotras acordamos, amigablemente, utilizar el hula-hula por turnos, dándole a mi amiga el beneficio de tiempo más largo, y el mío más corto, porque yo tenía el juguete todo el tiempo. Fueron pasando los años, y con los años, llegó la adolescencia; fuimos perdiendo poco a poco el interés por jugar.
Y llegó el gran acontecimiento, nuestro grado. Fue el 18 de noviembre de 1966, en las instalaciones del colegio la Sagrada Familia, ubicado en la Avenida de la Marina o calle primera con carrera 6, esquina donde aún se encuentra.
Los preparativos fueron con mucha antelación, todo se organizó de manera minuciosa. Ese año, no hubo toga ni birrete, fue con el uniforme de gala y debíamos llevar medias veladas color piel y zapatos blancos con un tacón moderado; era la primera vez que íbamos a usar calzado alto.
La profesora de grupo, hermana Margarita Reyes, nos organizaba en dos filas de acuerdo a la estatura. Ponían el disco con la marcha de costumbre para ambientar la ceremonia de graduación. Lo ensayamos muchas veces y decíamos que esa melodía nos hacía erizar por la emoción de saber que nos graduábamos, y por casualidad, ese día, involuntariamente colocaron otra melodía y nos sentimos algo defraudadas.
A pesar de ese inconveniente, fue un día super especial para nosotras porque habíamos conseguido un gran logro, el título. Ya estábamos capacitadas para trabajar como secretarias o maestras y de esta forma, convertirnos en jóvenes independientes económicamente.
En la siguiente fotografía, estamos acompañadas con la hermana Margarita de Puente Nacional o Margarita Reyes, quien fue nuestra directora en los grupos tercero y cuarto de bachillerato comercial.
Después de graduada, por motivos ajenos a mi voluntad, debí ausentarme de mi tierra natal y ubicarme en otras ciudades, así: un tiempo en Bucaramanga y Barranquilla, luego unos años en Santa Marta, donde tuve la oportunidad de laborar en oficinas, después en Bogotá, donde trabajaba y estudiaba al mismo tiempo. Y ‘Loly’ siguió residenciada en Riohacha, donde trabajó por muchos años.
Nos distanciamos físicamente, pero seguimos en contacto, a pesar que antes, solo existían los teléfonos fijos y las llamadas a larga distancia eran supremamente costosas. Durante ese tiempo vine a Riohacha en varias oportunidades y me hospedaba en la casa de mi amiga, pero eso sí, el día que yo llegaba de viaje, no dormíamos conversando toda la noche, actualizándonos con nuestros acontecimientos o como dicen coloquialmente “poniendo los cuadernos al día”.
El tío José Eduardo, ingeniero agrónomo, dedicado al cultivo y exportación de flores, nos tomó una fotografía al lado de uno de los tanques que tenía llenos de flores rosadas para la exportación y, nosotras jocosamente, nos adornamos la cabeza con algunas de ellas.
¡Y el paseo no terminó ahí! porque el tío José Eduardo, le propuso a ‘Loly’ que escogiéramos entre ir a una corrida de toros o viajar con uno de sus sobrinos a pasar unos días a Buenaventura (Valle del Cauca). Lo pensamos bien y decidimos ir a Buenaventura, el puerto más importante de Colombia en la costa del océano Pacífico.
Viajamos los primeros días de enero de 1978 a Buenaventura, tierra natal del primo Alberto. Llegamos a ese bello lugar, vestidas con mantas guajiras, cuando aún no eran muy conocidas en el país. Salíamos a las calles con el primo Alberto, quien caminaba bien orgulloso en medio de nosotras dos, con las mantas guajiras, al son de la brisa fresca del litoral pacífico que movían el atuendo con elegancia, simbolizando la identidad de la cultura wayuu. Los jóvenes bonaverenses decían “Vino Alberto con dos primas de La Guajira, con dos sardinas”, o sea, dos jovencitas. El término ‘sardinas’ nos causaba mucha gracia porque en esa época, ya estábamos casi en los treinta abriles.
Todos fueron muy amables, nos trataron como reinas, nos invitaban a sus casas para atendernos, colocaban música y preparaban pasabocas; lo pasamos excelente. Por todas y cada una de estas cosas, confirmamos que fue una buena decisión, escoger el viaje y no la corrida de toros.
Después de muchos años, me vine a vivir nuevamente a mi tierra natal y como cosas de la vida, ‘Loly’ se residenció en Palmira (Valle) y seguimos distanciadas físicamente, pero comunicándonos. Cuando nos veíamos o hablábamos por teléfono, lo primero que salía a relucir era el hula-hula y no podíamos evitar emocionarnos y reírnos, hasta decir no más, al recordar lo felices que éramos cuando niñas con el baile del hula-hula. También recordábamos otros episodios de esa época.
Esta amistad fue durante sesenta y siete años, atravesando varias etapas de nuestras vidas: la niñez, la adolescencia, la juventud, la mediana edad, hasta llegar a la madurez y, a pesar de no comunicáramos con mucha frecuencia, el afecto siguió intacto, igual de fuerte y sincero hasta el final. Sólo quedan los recuerdos y la satisfacción de haber tenido una hermosa amistad durante muchos años. Nunca peleamos, ni discutimos, siempre fuimos cordiales y afectuosas, la una con la otra.
Estos recuerdos son los que mantienen vivos a los seres queridos en nuestras mentes y en nuestros corazones. Descansa en paz, amiga mía.
Fallecida en Cali, el miércoles 5 de agosto de 2026, a las 2:08 a. m.
Mis condolencias para las familias:
Wberth Freyle: José Eduardo, Manuel José, José María, Jaime Orlando, Alexander Alfonso, Josefina María, Ernelda María y sus descendencias. A Soraya Wberth Castañeda, Tatiana Margarita Wberth Martínez, Marian Sharella Wberth Ávila y demás familiares.
Quintero Wberth: A su esposo Humberto Antonio Quintero Duque y a sus hijas María Camila Quintero Wberth y Martha Lucía Quintero García.
No hay comentarios: