Investigación indica que ciertos rasgos psicopáticos se asociaron con diferencias en bacterias intestinales y orales
Lo que las bacterias intestinales pueden revelar sobre la psicopatía
Un estudio acaba de encontrar conexiones inesperadas entre ciertos rasgos psicopáticos y el microbioma de nuestros intestinos
La psicopatía suele estudiarse mirando al cerebro, la empatía, la impulsividad o el procesamiento emocional. Pero una investigación reciente ha encontrado algo sorprendente: ciertos rasgos psicopáticos también se asociaron con diferencias en bacterias intestinales y orales, además de con dos metabolitos presentes en las heces. El hallazgo no demuestra que la microbiota cause estos rasgos, pero abre una vía poco explorada para entender hasta qué punto personalidad, metabolismo y microbioma podrían estar conectados.
— Pol Bertran
¿Puede la microbiota intestinal estar relacionada con los rasgos psicopáticos?
Cuando pensamos en psicopatía, solemos mirar hacia el cerebro. Durante décadas, la investigación ha estudiado diferencias en procesamiento emocional, empatía, control inhibitorio o funcionamiento de determinadas regiones cerebrales. Pero en los últimos años ha aparecido un actor inesperado en prácticamente todas las conversaciones sobre comportamiento y salud mental: los billones de microorganismos que viven dentro de nosotros.
Un estudio publicado este 2026 en Nature acaba de llevar esa pregunta a un terreno apenas explorado. Sus autores analizaron simultáneamente la microbiota intestinal y oral, distintos metabolitos producidos o procesados en el aparato digestivo y rasgos psicopáticos en adultos de la población general.
El resultado no permite decir que determinadas bacterias conviertan a alguien en psicópata (ni mucho menos), pero sí ofrece una primera pista intrigante: algunos rasgos relacionados con la frialdad afectiva, la impulsividad, la manipulación o la conducta antisocial aparecieron asociados con diferencias concretas en la composición microbiana y en determinadas moléculas presentes en las heces.
Buscar la psicopatía fuera del cerebro
La idea no resulta tan extraña como habría parecido hace veinte años. El llamado eje microbiota-intestino-cerebro describe una comunicación bidireccional entre los microorganismos intestinales y el sistema nervioso.
Las bacterias pueden participar en procesos inmunitarios y producir o modificar moléculas con actividad biológica, mientras que el propio cerebro puede alterar el entorno intestinal mediante el estrés, las hormonas, la alimentación y otros comportamientos. No estamos ante un intestino enviando órdenes al cerebro, sino ante un sistema de influencias recíprocas extraordinariamente complejo.
Para explorar si algo de esto podía estar relacionado con la psicopatía, el equipo estudió a 200 adultos portugueses de entre 19 y 64 años procedentes de la comunidad, no de cárceles ni de poblaciones forenses.
Esto último es importante: los investigadores no estaban buscando simplemente personas que pudieran clasificarse como “psicópatas”, sino variaciones en rasgos psicopáticos subclínicos, características que pueden encontrarse en diferente grado dentro de la población general.
Los participantes completaron cuestionarios sobre psicopatía, empatía y ansiedad, mientras los investigadores recogían muestras de heces, saliva y sangre.
La escala de psicopatía evaluaba dimensiones como manipulación interpersonal, frialdad afectiva, estilo de vida errático y antisocialidad. Paralelamente, el equipo secuenció la microbiota y realizó análisis metabólicos para buscar posibles moléculas relacionadas con esas diferencias psicológicas.
La muestra había sido además seleccionada para reducir algunos factores de confusión: se excluyeron, entre otros, participantes con obesidad, determinados trastornos médicos o psiquiátricos, consumo problemático de drogas y uso reciente de antibióticos.
No existe una “bacteria de la psicopatía”
Aquí aparece probablemente el punto más importante para interpretar el estudio. Los investigadores no encontraron que las personas con más rasgos psicopáticos tuvieran simplemente una microbiota más pobre, más rica o globalmente diferente.
Las medidas generales de diversidad intestinal y oral no mostraron diferencias claras entre los perfiles psicológicos establecidos por los investigadores. Cuando analizaron la composición intestinal de manera continua, sí aparecieron asociaciones con la puntuación total de psicopatía y con dimensiones como la frialdad afectiva o el estilo de vida errático, pero la proporción de variabilidad explicada por esas diferencias microbianas fue inferior al 1%.
La historia se volvió más interesante al descender hasta microorganismos concretos. Algunas bacterias intestinales, entre ellas Allisonella y Cloacibacillus evryensis, mostraron asociaciones positivas con las puntuaciones de psicopatía incluso después de ajustar determinados factores de confusión.
En la boca ocurrió algo diferente: Treponema vincentii se relacionó negativamente con varias dimensiones psicopáticas.
También apareció Prevotella, un género especialmente conocido en la investigación sobre microbiota y cerebro, aunque aquí los resultados fueron menos sencillos.
Algunos análisis apuntaban hacia una asociación positiva con rasgos psicopáticos mientras que la distribución por grupos ofrecía patrones aparentemente contradictorios.
Los propios investigadores lo reconocen: los perfiles psicológicos combinaban psicopatía, ansiedad y empatía, por lo que una misma bacteria podía estar relacionada simultáneamente con diferentes características de los participantes.
Eso convierte cualquier interpretación del tipo “esta bacteria está detrás de la psicopatía” en una simplificación enorme.
Lo interesante es otra cosa: ciertos patrones microbianos parecen acompañar a determinadas diferencias psicológicas, aunque todavía desconocemos qué significa exactamente esa coincidencia.
Dos moléculas aparecieron entre más de doscientas
El equipo dio un paso más. Si las bacterias intestinales guardan alguna relación con el comportamiento, uno de los posibles mecanismos estaría en las sustancias que producen, transforman o ayudan a regular.
Por eso analizaron 203 metabolitos diferentes. Después de corregir estadísticamente las múltiples comparaciones, únicamente dos destacaron: la glucosa y la taurina presentes en las heces. Ambas mostraron asociaciones positivas con las puntuaciones de psicopatía.
La glucosa fecal se relacionó con la puntuación global y con dimensiones como antisocialidad, manipulación interpersonal y frialdad afectiva. Los investigadores plantean que esto podría apuntar hacia diferencias en el manejo intestinal de la glucosa o en el metabolismo energético, aunque por ahora se trata de una hipótesis.
La microbiota participa en procesos relacionados con la regulación de glucosa y produce sustancias capaces de interactuar con sistemas metabólicos del organismo, pero encontrar más glucosa en las heces no permite reconstruir automáticamente lo que está sucediendo en el cerebro.
La taurina resulta todavía más curiosa. Además de participar en procesos relacionados con los ácidos biliares y el metabolismo, puede interactuar con receptores del sistema GABA, uno de los principales sistemas inhibitorios del cerebro.
Los autores plantean varias posibilidades: esos niveles elevados podrían reflejar alteraciones del metabolismo biliar, de la absorción intestinal o de otros procesos todavía desconocidos.
Algo parecido ocurre con C. evryensis, bacteria potencialmente capaz de producir GABA. La conexión resulta biológicamente interesante porque el control inhibitorio está relacionado con la impulsividad, pero el estudio no demuestra una cadena en la que una bacteria produzca GABA y este termine modificando los rasgos psicopáticos de una persona. Por ahora, esa explicación sigue siendo una posibilidad que deberá ponerse a prueba.
La gran pregunta: ¿qué está influyendo sobre qué?
Este es el punto en el que un estudio fascinante puede convertirse fácilmente en un titular engañoso. La investigación fue transversal: microbiota y personalidad se midieron aproximadamente en el mismo momento.
Por tanto, no sabemos si ciertas características microbianas podrían contribuir de alguna manera a determinados rasgos psicológicos, si esos rasgos favorecen comportamientos que terminan modificando la microbiota o si una tercera variable influye sobre ambas cosas.
La propia relación entre intestino y cerebro funciona en los dos sentidos. Una persona con determinadas características de personalidad puede alimentarse de manera diferente, responder de otra forma al estrés o presentar diferencias hormonales que, a su vez, alteren su ecosistema intestinal.
Los autores reconocen además otras limitaciones: la muestra era exclusivamente portuguesa, el 77% eran mujeres, parte de la información psicológica y nutricional procedía de autoinformes y se estudiaron rasgos subclínicos de población general, no los perfiles más extremos que suelen encontrarse en muestras clínicas o forenses.
Tampoco estamos cerca de poder analizar una muestra de heces y diagnosticar psicopatía. De hecho, los propios autores recuerdan que su evaluación requiere una valoración psicológica completa realizada por profesionales cualificados.
Lo que este trabajo abre es algo más modesto, pero científicamente muy sugerente: la posibilidad de que nuestras diferencias psicológicas dejen huellas biológicas también fuera del sistema nervioso y de que el estudio de la personalidad tenga que mirar, cada vez más, al organismo como un sistema completo.
Quizá la pregunta ya no sea simplemente cuánto puede influir el intestino sobre nuestra mente. La cuestión verdaderamente interesante es hasta qué punto cerebro, conducta, metabolismo y microbiota están modificándose mutuamente durante toda nuestra vida. Este estudio no resuelve ese rompecabezas, pero acaba de añadirle unas piezas que hasta ahora ni siquiera sabíamos que podían estar sobre la mesa.
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