Una relación feliz puede convertirse en un riesgo para la salud por los malos hábitos compartidos en pareja
¿Y si estar bien en pareja no siempre fuera bueno para nuestra salud?
Dormir poco o comer mal juntos puede convertir una relación feliz en un riesgo para tu salud celular
Iros a dormir tarde, pedir comida poco saludable cada noche o convertir el sofá en vuestro plan favorito puede reforzar la sensación de conexión, pero una nueva investigación sugiere que esos mismos rituales, cuando se mantienen durante años, podrían dejar huella en el organismo.
El estudio encontró que las parejas más satisfechas no siempre envejecían mejor a nivel celular: cuando la relación iba acompañada de peor sueño o alimentación, aparecían algunos indicadores de envejecimiento biológico más rápido.
— Pol Bertran
Tu relación puede hacerte sentir mejor… y aun así hacerte envejecer más rápido
Una pareja puede sentirse profundamente unida mientras mantiene rutinas que, con el tiempo, juegan en contra de su salud.
Quedarse despiertos hasta tarde viendo series, pedir comida poco saludable varias noches por semana o pasar cada vez más tiempo en el sofá pueden ser pequeños rituales compartidos que refuerzan la sensación de intimidad.
El problema es que aquello que fortalece el vínculo a corto plazo no siempre protege al organismo a largo plazo.
Un nuevo estudio con 107 parejas de entre 40 y 87 años plantea precisamente esta paradoja.
Los investigadores observaron que una relación satisfactoria parecía asociarse con un envejecimiento celular más favorable cuando la pareja dormía bien, hacía ejercicio y mantenía una alimentación saludable.
Pero cuando esa felicidad convivía con malos hábitos compartidos, el patrón podía invertirse: algunas parejas muy satisfechas mostraban, con el paso del tiempo, signos de envejecimiento biológico más rápido.
Los malos hábitos también pueden unir
Cuando hablamos de hábitos poco saludables tendemos a imaginarlos como decisiones individuales: una persona come mal, duerme poco o no hace suficiente ejercicio.
Sin embargo, en una relación estable muchas de esas decisiones dejan de producirse de manera aislada.
Las parejas comen juntas, comparten horarios, organizan sus fines de semana y terminan construyendo una rutina en la que los comportamientos de uno facilitan o dificultan los del otro.
Esto puede tener un lado muy positivo. Salir a caminar acompañado hace que mantener una rutina de ejercicio resulte más sencillo.
Cocinar juntos puede favorecer una alimentación más variada. Acostarse a horas similares puede ayudar a proteger el sueño.
Pero también funciona en sentido contrario. Si ambos disfrutan cenando comida ultraprocesada mientras ven televisión, ninguno introduce demasiada fricción para cambiar la costumbre.
Y si ese comportamiento forma parte de un momento de intimidad, abandonarlo puede incluso sentirse como renunciar a algo que pertenece a la relación.
El estudio se apoya en una idea conocida como teoría del ajuste entre síntomas y sistema, según la cual determinados comportamientos problemáticos pueden encajar bien dentro de la dinámica de una pareja y contribuir, paradójicamente, a mantener su conexión.
No significa que las personas quieran perjudicarse mutuamente. Simplemente, un hábito puede resultar psicológicamente gratificante porque se ha convertido en algo compartido.
Por eso una pareja puede estar muy satisfecha con su relación y, al mismo tiempo, estar reforzando comportamientos poco favorables para la salud.
Y ahí aparece la pregunta que interesaba a los investigadores: ¿qué sucede cuando la felicidad matrimonial hace más estables precisamente esos hábitos?
Una relación feliz no borra los efectos de dormir o comer mal
Para comprobarlo, los investigadores no se limitaron a preguntar a las parejas cuánto se querían o si estaban satisfechas.
Durante una visita al laboratorio observaron cómo interactuaban mientras hablaban de un acontecimiento positivo, discutían un problema personal y trataban de resolver un conflicto de pareja.
A partir de esas conversaciones, evaluaron hasta qué punto se ofrecían apoyo, mantenían interacciones positivas o se comportaban negativamente entre sí.
También recogieron información sobre actividad física, alimentación y sueño y, algo especialmente interesante, analizaron muestras de sangre al comienzo del estudio y dos años después.
En ellas buscaron tres tipos de indicadores relacionados con el envejecimiento celular: la longitud de los telómeros, determinados patrones de metilación del ADN y la proteína p16INK4a, relacionada con la senescencia celular.
En el primer análisis, la historia parecía confirmar lo que muchos estudios anteriores habían sugerido: las personas más satisfechas con su relación presentaban algunos indicadores compatibles con un envejecimiento celular más lento.
Sin embargo, ese beneficio no aparecía de la misma manera en todas las parejas. Era especialmente visible entre quienes hacían más ejercicio, dormían mejor o seguían una alimentación de mayor calidad.
Es decir, la relación feliz parecía funcionar mejor biológicamente cuando también sostenía un estilo de vida saludable.
El resultado encaja con algo bastante intuitivo. Una buena relación puede proporcionar apoyo emocional, reducir conflictos crónicos y facilitar hábitos beneficiosos.
Pero no existe ningún mecanismo por el cual sentirse querido pueda neutralizar completamente los efectos fisiológicos de dormir cinco horas cada noche, llevar una vida sedentaria o mantener durante años una dieta de baja calidad.
Cuando “nuestro plan favorito” empieza a pasar factura
Los resultados más llamativos aparecieron durante los dos años de seguimiento. En general, una mayor calidad marital seguía asociándose con algunos cambios favorables, como aumentos más pequeños de p16INK4a.
Pero cuando los investigadores observaron otros indicadores, encontraron algo mucho menos esperado.
Las parejas muy satisfechas que compartían una peor alimentación o una mala calidad del sueño mostraron un mayor acortamiento de los telómeros y señales de envejecimiento acelerado según algunas medidas de metilación del ADN.
Además, las parejas que habían mostrado interacciones especialmente positivas durante las conversaciones del laboratorio también presentaban un envejecimiento más rápido en determinados relojes epigenéticos si mantenían una dieta poco saludable.
Algo similar ocurrió con la inflamación. Una buena relación se relacionaba con valores más favorables cuando las parejas dormían y comían mejor, pero aparecía el patrón contrario entre quienes eran más sedentarios o tenían peor sueño.
Lo interesante no es concluir que «estar felizmente casado envejece», porque el estudio no dice eso.
La idea es mucho más específica: la satisfacción puede reforzar un estilo de vida compartido, y ese estilo de vida puede acabar determinando si la relación resulta protectora o perjudicial para determinados procesos biológicos.
Pensemos en algo tan cotidiano como quedarse despierto hasta la una de la mañana viendo una serie.
Una noche aislada no tiene demasiada relevancia. Pero si se convierte en la actividad favorita de la pareja, repetida durante años, puede significar cientos de noches durmiendo menos. Lo mismo sucede con las cenas abundantes, el alcohol durante los fines de semana o una rutina en la que cualquier plan termina implicando sentarse y comer.
Precisamente porque esos hábitos están asociados con experiencias agradables (complicidad, descanso, diversión, intimidad), pueden ser más difíciles de cuestionar. No se mantienen únicamente porque alguien tenga poca fuerza de voluntad, sino porque cumplen una función dentro de la relación.
Cuidarse juntos puede importar tanto como llevarse bien
El estudio tiene limitaciones importantes. Participaron únicamente 107 parejas, mayoritariamente blancas, con un nivel educativo elevado y relativamente saludables, por lo que no sabemos si el mismo patrón aparecería en otros grupos.
Además, aunque el seguimiento permite observar cambios durante dos años, sigue siendo un estudio observacional: no puede demostrar que una relación feliz, combinada con malos hábitos sea la causa directa de un envejecimiento celular más rápido.
Los propios indicadores tampoco cuentan exactamente la misma historia. Los telómeros, la metilación del ADN y p16INK4a reflejan procesos biológicos distintos, y algunos resultados fueron más sólidos que otros.
Por eso sería exagerado afirmar que podemos calcular cuánto “envejece” una pareja dependiendo de cómo cena o duerme.
Pero. la investigación deja una idea psicológica especialmente interesante: una pareja no solo influye sobre nuestra salud a través del apoyo emocional o el conflicto, sino también a través de la normalización cotidiana de determinados comportamientos.
Las relaciones saludables quizá tengan, por tanto, dos dimensiones diferentes. Una es emocional: sentirse querido, comprendido y apoyado. La otra es conductual: qué estilo de vida construimos juntos.
A veces ambas coinciden. Una pareja puede acompañarse al gimnasio, cocinar de forma saludable y ayudarse mutuamente a respetar el descanso.
Pero otras veces el vínculo se construye alrededor de rituales mucho menos beneficiosos. Y quizá ahí esté una de las lecciones más interesantes del estudio: quererse puede hacernos sentir mejor, pero cuidarse juntos, puede determinar también cómo envejecemos.
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