Mi hermano Rafael Roberto: un ser humano excepcional
El nacimiento y los primeros meses de su vida fueron como los de sus hermanos, en un ambiente bulloso, por el hecho de convivir con el negocio grande de víveres y otros artículos que papá traía de Aruba y Curazao, aprovechando su oficio de marinero, y donde acudían personas a comprar, unas hablando más alto que otras.
Lo acostaban dormido y poco demoraba para que despertara. Un día cualquiera, al sacarlo de la cuna, se cayó, golpeándose la cabeza. Eso le ocasionó fiebre muy alta y meningitis, inflamación de las membranas que envuelve el encéfalo y médula espinal. Desde entonces, nunca más lo despertó el ruido ni las voces altas de los compradores. Fue creciendo y se valía de señas para hacerse entender; entonces sus padres, tía y abuela comprendieron que se había convertido en una persona con discapacidad auditiva a consecuencia de la meningitis, y eso lo hizo un niño especial para su familia.
No asistió a la escuela porque en aquella época, aquí no existían centros docentes para sordos. Fue entonces, cuando ‘Nana’ nuestra tía materna (Ninfa Moreu Valdeblánquez), se ingenió para enseñarle a leer, escribir y lo básico de las matemáticas; también geografía, religión, historia sagrada, historia de Colombia e historia universal. Tanto la maestra como el alumno, fueron excelentes: la tía ‘Nana’ para enseñar y Rafael Roberto para captar.
Le gustaba mirar periódicos, revistas y cuando había una palabra que no conocía, preguntaba cual era su significado; esa era su forma de leer. Las facturas de cobro de los servicios públicos, los recibía y miraba si realmente eran los de la casa. Verificaba el nombre, la dirección y el valor a pagar. Hacía comentarios, si llegaba con un costo elevado, decía que eran unos rateros. En cuanto a la geografía, aprendió a ubicar en los mapas y en el mapamundi; además, se colocaba mirando al norte, o sea, al mar y así ubicaba, cada una de las capitales de los departamentos de Colombia, los países y los continentes. Sobre historia de Colombia, ‘Nana’ le hacía relatos sobre el libertador Simón Bolívar y sobre el almirante José Prudencio Padilla López, entre otros. Le mostraba fotografías de los periódicos y le decía en qué lugar, se encontraba su estatua. En cuanto a la historia sagrada, le hablaba sobre Dios que está en el cielo, la virgen María y San José, el nacimiento y muerte del hijo de Dios; apoyándose en las películas sobre la pasión y muerte de Jesús. De historia universal, sabía quiénes eran los presidentes de algunos países (Estados Unidos - John F. Kennedy, de Cuba - Fidel Castro, entre otros).
Desde los doce años de edad, se preocupó por aprender un arte y escogió inicialmente la carpintería. Hizo pequeños trabajos para la casa y por encargo: entre ellos un taburete pequeño que le mandaron a hacer para que un niño lo llevara a la escuela. Pasó un tiempo y quiso aprender otro arte menos agotador y, según su forma de ver las cosas, más decente, porque podía permanecer con su ropa limpia y estar presentable.
Al cumplir los catorce años, eligió ser sastre y para aprender a coser, visitó la sastrería de Adaníes D’Castro y, después, la de José Antonio Hijuelos. Llegaba y con mucha prudencia, miraba lo que hacían los empleados e iba memorizando. Luego en la casa, se ponía a practicar el manejo de la máquina de coser y hacía en serie, braguetas y bolsillos. Cuando consideró que se había perfeccionado, le dijo a Raúl Cotes Mendoza, empleado de Hijuelos, que él ya sabía coser.
Raúl por seguirle la corriente, lo sentó frente a la máquina para que demostrara si eso era cierto. Y qué sorpresa para Raúl, Rafael Roberto lo hizo perfecto. Desde ese momento Raúl le dio de su costura para que la hiciera en su casa y le pagaba un porcentaje. Al transcurrir el tiempo, Rafael Roberto o Roberto (como se le llamaba) le propuso a José Antonio Hijuelos, dueño de la sastrería “Hijuelos e hijos” que le diera trabajo, y así ingresó como su nuevo empleado. Le entregaba los pantalones cortados y los cosía en casa.
Lo hizo por un tiempo, hasta cuando se enteró, que en la sastrería de René Escobar pagaban más por cada pantalón. Se dirigió a René y le pidió trabajo en la misma forma como lo hacía donde Hijuelos, llevándose los pantalones para coserlos en la casa. Le pagaban semanalmente de acuerdo a la cantidad y la clase de la tela: dril, gabardina, lino, etc.
Como él sabía hacer las operaciones matemáticas, cuando iba a cobrar llevaba sus cuentas hechas. Siempre coincidían, solo en una oportunidad que se convirtió en la última. René se confundió y le liquidó dos pantalones menos. Roberto le decía que estaba equivocado y le mostró la libreta donde él, tenía detallado lo que había cosido, semana por semana. René no aceptó lo que él le decía y le entregó el dinero según sus cuentas. Roberto contó el dinero y le dijo: “¿No me crees? yo no digo mentiras. Entonces no me pague, quédate con la plata, porque yo no soy ladrón”.
Ese suceso, lo deprimió y no volvió a coser. Al no tener en que ocuparse, se enfermó de los nervios y esto le ocasionaba algunas crisis psiquiátricas. Se mantenía en la casa, sin ningún objetivo. Caminaba de un lado a otro, se asomaba por las puertas y ventanas, salía y caminaba por el sardinel, de esquina a esquina, sin importarle mucho que lo quemaran, los rayos solares, y así lo hizo, hasta el resto de su vida. La residencia ubicada en las calles 8 y 9 con carrera 9, esquinas, Rafael Roberto, la habitó durante setenta años (oct. 1955 – oct. 2025).
Los que por ahí pasaban, lo consideraban su amigo porque lo saludaban y él les correspondía, y, algunas de esas personas, se detenían, le formaban largas conversaciones, le contaban sobre algunos eventos sucedidos en Riohacha o en otros lugares; por ejemplo: los accidentes de tránsito, fallecimientos, entre otros. Entraba a la casa y miraba la televisión: películas, novelas, noticieros, … donde leía los titulares. Desde siempre le gustó ver películas de acción, también sobre la vida y muerte de Jesús. En su adolescencia iba al teatro ‘Aurora’ y por ser usuario asiduo, tuvo entrada gratis por mucho tiempo.
Tenía buena memoria, lúcido hasta el final de sus días. Recordaba acontecimientos desde que tenía pocos años de edad. Entre los recuerdos más antiguos, el día de mi nacimiento, cuando aún no había cumplido los cuatro años de edad. Él me contaba con mucha nostalgia, lo siguiente: “En la casa no querían que yo supiera donde estaba ‘Ache’, mi mamá, porque yo tenía varicela y podía contagiarla. Y a pesar de todas las precauciones que tuvieron, descubrí que la habían llevado para el depósito donde guardaban la mercancía con que surtían el almacén. Me fui detrás de mi tía ‘Nana’, sin que ella me viera, atravesé la carrera 6 y me asomé en la puerta. Ahí te vi, pequeñita, acabada de nacer, estabas llorando”. El depósito donde guardaban la mercancía, era una casa de barro de propiedad de Simona Gil, progenitora de Carlos Frías Gil, donde en los últimos años, construyó un edificio.
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| Rafael Roberto (6 años) y Gladis Marina (2 años). |
Desde la primera vez que me vio, supo que era su hermana y a partir de entonces, me dio mucho afecto, me cuidaba con esmero y dedicación, y pronto, él y yo conversábamos con lenguaje de señas, hasta llegar a ser su intérprete número uno, porque la intérprete número dos, fue la tía ‘Nana’.
Al llegar a mi adolescencia, se tornó celoso, no aceptaba que tuviera amigos y cuando recibí el grado en el colegio la Sagrada Familia, no quería que fuera a trabajar de secretaria a una oficina, como era la costumbre en aquellos tiempos. Llegó a comportarse agresivo conmigo. Eso ocasionó mi salida del hogar, dos años antes de cumplir la mayoría de edad. Estuve muchos años fuera de mi tierra natal y a mi regreso, me hospedé en la casa de donde había salido, hacía años. Por supuesto, la convivencia con él fue difícil y tomé la decisión de salir de la casa, más no de la ciudad. Arrendé un apartamento a unas pocas cuadras de la casa.
Mis padres fueron perdiendo vitalidad y tomé una a una, sus responsabilidades; entre ellas, el cuidado de mi hermano que al final fue, como un hijo adoptivo para mí, siendo él, mayor que yo. Todo lo que necesitaba, se lo suministraba. Le tenía acompañantes para que hicieran los quehaceres de la casa; fueron muchas las que ahí laboraron. Unas duraban más que otras. Magalis estuvo durante los últimos doce años y aprendió su lenguaje de señas porque cuando, Roberto y yo conversábamos, ella prestaba mucha atención.
Si debía ausentarme de la ciudad, me reemplazaba Rosa Esther Pacheco Núñez; mi amiga, mi hermana del alma porque existen hermanas de sangre y hermanas del alma. Las primeras nos las dan nuestros padres y las segundas, nos las suministra Dios, nuestro Señor. Sí… ¡Rosita es mi amiga, mi hermana del alma! quien voluntariamente se quedaba con todas y cada una, de las responsabilidades que yo tenía con mi hermano Rafael Roberto y, él la aceptaba y apreciaba.
Quiero contarles una anécdota. En uno de mis viajes a Bogotá, donde iba hacerme chequeos médicos, Rafael Roberto tuvo quebrantos de salud. Rosita se comunicó conmigo y me dijo ¿Qué hago? y le respondí “Comunícate con el internista Luis Manuel Ávila Barros para que agende una cita a domicilio”. Era el único médico que él aceptaba. El doctor le mandó a hacer exámenes de laboratorio y al día siguiente, una de las enfermeras del Centro Médico Ary Acosta, fue a tomarle la muestra de sangre. Entre los exámenes, estaba incluido el de creatinina; con este examen los resultados pueden demorar algo más que los de glicemia, colesterol, triglicéridos, entre otros.
Roberto le decía a Rosita que le mostrara los resultados de los exámenes y ella le contestaba, que aún no se los habían entregado. Él, le respondió “Es tiempo suficiente para que te entreguen los resultados. A no ser, que no los pagaste y te quedaste con la plata, te la robaste”. Y cuando Rosita le llevó los resultados, le pidió perdón a Dios y a ella por haberla calumniado. Por muchos días, Rosita le festejó esa ocurrencia.
Manuela Margarita “La nena” Moreu Sierra (nuestra tía, hermana de mi madre por parte de padre) con su esposo Jorge Luis Sierra Vega; también sus hijos Jorge Luis y Josealyc Liseth Sierra Moreu, los nietos Antonella Belén y Antony Jesús Lascarro Sierra, como eran sus vecinos, estaban pendiente del “tío Roberto”. Lo observaban con mucha atención y cuidado, por su seguridad y bienestar.
Roberto veía la televisión con Magalis y hacían sus comentarios, sobre todo con las novelas turcas y con el mundial de futbol. Ella le preguntaba “¿Dónde queda España, Francia, Estados Unidos, México, Argentina, Chile, etc.?” Y él le ubicaba cada uno de los países. Se situaba mirando al norte, o sea, al mar y le explicaba en que sitio está ubicado cada país. De igual forma, la ubicación de cada departamento de Colombia. Y cuando yo llegaba a la casa, Magalis me hacía la misma pregunta y quedaba sorprendida porque mi respuesta era exactamente, la que él, le había dado.
A Magalis, le contó lo siguiente “Cuando yo tenía como trece años, unos señores estaban en el vecindario bebiendo cervezas y me brindaron una. Les dije que yo no bebía, pero ellos, me insistieron y me insistieron y al final acepté y me tomé la cerveza. Llegué a la casa borracho y mi tía ‘Nana’ al verme en ese estado, me preguntó que me pasaba y le conté lo sucedido. Enseguida se disgustó conmigo, buscó una correa y me dio tremendos correazos que, jamás se me han olvidado y nunca más volví a tomar licor”.
Fue la primera y última vez que Roberto tomó bebida embriagante, nunca más lo volvió a hacer. Él no fumaba cigarrillo y mucho menos sustancias psicoactivas, a pesar que en ocasiones, pasaban por la casa personas que consumen y lo invitaban a participar. Jamás les recibió y ellos, de todas formas, le tiraban la porción y Roberto la empujaba con los pies para devolverle la sustancia porque ni siquiera le ponía sus manos. Yo le explicaba cada uno de los efectos y el deterioro que producen las drogas.
Hermanos Brugés Moreu:
De izquierda a derecha: Gladis Marina, Luis Hiraldo, Rafael Roberto y Orlando Darío.
Rafael Roberto Brugés Moreu, nació en Riohacha, el jueves santo, 6 de abril de 1944, en el hogar formado por Pedro Antonio Brugés Campo y Adalceinda Mercedes Moreu de Brugés. Fueron sus abuelos paternos Miguel Agustín Brugés Rodríguez y Sara Elena Campo Fernández; abuelos maternos Sebastián Pablo Moreu Iglesias y Carmen Generosa Valdeblánquez de Moreu. Bautizado el 24 de diciembre de 1946, por el presbítero Rafael de Gulina; fueron sus padrinos Miguel Freile y Nimia Medina de Padilla.
El núcleo familiar estaba conformado por nuestros padres, los hermanos de padre y madre Luis Hiraldo, Rafael Roberto, Orlando Darío, mi abuela materna Carmen Valdeblánquez de Moreu, mi tía Ninfa Moreu ‘Nana’, mi prima hermana Carmen Remedios Moreu Bolaño y Laureano de Jesús, hermano de crianza.
Después tuvimos nueve hermanos por parte de padre: María Josefina, Miriam Rosa, Sonia Beatriz, José Francisco, Luz Marina, Isidro Rafael, Luis Alfonso, Eduardo Antonio Brugés Cotes y Simona María Brugés Barliza.
El comportamiento de enajenación de Rafael Roberto, contrastaba con actitudes sensatas, de colaboración para con sus padres y su tía ‘Nana’ a quienes trataba con cariño. Los quería mucho y estuvo muy pendiente de ellos. Desde pequeño compartió bastante con la tía ‘Nana’, al recibir sus enseñanzas y eso hizo que fuera su preferida, entre el resto de la familia.
Era inteligente, ingenioso, malicioso y sagaz; difícil de engañar. Honesto desde pequeño porque se le inculcó el temor a Dios. Pudoroso, jamás tuvo muestra de morbosidad, a pesar que en los últimos años, convivió solo con las cuidadoras que yo contrataba; unas más jóvenes que otras y, jamás les faltó el respeto.
En ciertos comportamientos, Roberto imitaba a la tía ‘Nana’; por ejemplo: ella nunca comentó cuantos años tenía, tampoco la fecha de su nacimiento y él era exactamente igual y, no aceptaba que lo fotografiaran. Tan pronto falleció la tía ‘Nana’ (marzo 15 de 2016), rompió con ese paradigma y a los pocos días, el 6 de abril, le dijo a Magalis que estaba cumpliendo 72 años. Ella me lo contó y me sorprendí. Entonces le pregunté que sí él quería que le comprara un ponqué y le cantara el happy birthday. Me dijo que si y, a partir de ese año, le hacía su festejo, exceptuando los dos años de pandemia.
Posando para la foto (mayo 27 de 2021)
Falleció en Riohacha, el miércoles 29 de octubre de 2025, a las 9:25 a.m. en la Clínica Renacer, después de permanecer veintidós días en UCI, luchando entre la vida y la muerte. El 6 de noviembre, a la prima noche, antes de hospitalizarlo, Rafael Roberto le dijo a la tía Manuela Moreu Suárez con mucha tristeza “Yo estoy enfermo, me siento muy mal, me voy a morir, me voy para allá arriba, al cielo con Dios”. Fue lo último que comunicó.
A pesar de no hacerse chequeos médicos, ni acostumbrar tomar medicamentos, era una persona sana, fuerte, tuvo mucha resistencia. En algunas ocasiones, para la gripa, se tomaba un Dolex y se chupaba una vitamina C, que debía ser MK y de sabor a naranja y con eso se recuperaba.
Por la capacidad de comprender y discernir con claridad las cosas, por sus anécdotas, su estilo de vida que se apartaba de lo normal. Por su autenticidad, creatividad, sagacidad e inteligencia, cualidades que lo diferenciaban positivamente de la mayoría de las personas que conozco con discapacidad auditiva, siempre consideré a Mi hermano Rafael Roberto: un ser humano excepcional.

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