Nostalgia por los que ahora viven eternamente en la Casa Celestial
Reminiscencias debajo del árbol y frente a las últimas moradas
“El hombre que trabaja y bebe/
déjenlo gozar la vida /
porque eso es lo que se lleva/
porque tarde o temprano muere/
después de la caja negra compadre/
creo que mas nada se lleve/
viven pendientes en la parte/
yernos cuñados y hermanos/
y aquel pobre fulano/
ni una bóveda le hacen/”
Luis Eduardo Acosta Medina
Imposible iniciar nuestra crónica en esta oportunidad sin que viniera a mi mente, la canción que le gustaba a Eduardo Medina 'Babo', mi abuelo por parte húmeda.
Un analfabeta inteligente, filosofo y trabajador que fue guía para su pueblo, la familia y referente moral de mi región, quien dijo sobre el relato de la canción:
“Ese número que está sonando dice una gran verdad, si el hombre trabaja y bebe déjelo que se lo pegue, pero si el hombre bebe y no trabaja, hay que ponerle cuidado al hombre …esta robando.”
Esta canción fue grabada por Enrique Diaz, quien la dio a conocer en un disco de 45 revoluciones por minuto, con el respaldo de la canción 'Porvenir', prensado por el Sello Tamayo.
También la grabó Luis Enrique Martínez - para mi es la mejor versión -. La incluyó en el álbum titulado 'El Gran Vallenato' ,en el año en 1971.
Poncho Zuleta y 'El Chiche' Martínez hicieron una buena interpretación, que vino en el álbum 'Mira mi Dios mi Obra de Arte', en 1991, a la precitada obra musical, corresponde el aparte preliminarmente transcrito.
El 02 de noviembre y con motivos de la sagrada fecha reservada en el calendario litúrgico, para recordar a nuestros fieles difuntos, aquí y ahora debajo del palo de orejero que mi abuelo sembró hace mas de cien años en el centro de su corral, testigo silencioso del último adiós que el pueblo agradecido ha brindado a tantos patriarcas que predicaron con el ejemplo.
Mientras sus pesadas ramas intentan moverse de un lado a otro, ante las súbitas brisas cantarinas que nos recuerdan que comenzó noviembre y muy pronto llegara navidad, un caudal de recuerdos estremecen mi corazón.
Igual observo con justificado regocijo como está de hermoso el lugar donde sembramos para siempre a nuestra gente, gracias a la generosidad de Amelia Ramirez, Mariela mi hermana y otras almas buenas.
Nuestro cementerio es hoy parte del consuelo, porque sabemos que ellos están en un lugar digno, constituido en sitio de peregrinación y de ejemplo, inclusive para muchos pueblos y ciudades.
Ellas dieron continuidad a la primera piedra que coloqué, cuando mandé a construir el primer tramo de piso con tablones en la entrada principal, en el año 2009.
Aquí al frente del cementerio 'El Corazón Fino' de Monguí, vienen a mi mente muchos recuerdos imperecederos, al depositar como corresponde las flores y encender la luz a mis sentidas ausencias.
A ellos, que compartieron con gozo con el Hijo de Dios, el camino misterioso de la muerte y también con Él, habrán de compartir seguramente, el camino glorioso de la resurrección,
Hoy recuerdo cada regreso del abuelo de sus potreros. Su burro prieto rebuznaba como anunciando su retorno triunfal al pueblo cada medio día.
Algunas veces venia de 'El Pozo' y otras veces de 'Cueva Honda', pero ese aviso era ineludible. De inmediato 'Mama', mi abuela Juana Peralta, salía a toda velocidad para la cocina de techo de zinc, sus paredes de barro y guaduas, a servirle el almuerzo, el cual colocaba en plato de vidrio y lo tapaba con uno de peltre de grandes flores, sobre un mantel de tela de hilo de cuadros grandes verdes y blancos. Una de las puntas de la esquina del mantel la doblaba encima sobre el plato, y allí colocaba los cubiertos,
En el manjar el arroz era infaltable, del cual salía un olor exuberante, penetrante, inolvidable y agradable a cebollín. Era evidente que le echaba bastante, para hacerlo más sabroso.
Después que mi abuelo entraba ella esperaba expectante que el guindara su mochila, en la cual siempre tenia un martillo, grapas, clavos, los tabacos, la fosforera, una botella de 'Jopo e tigre', que es a lo que ahora llaman 'Churro o Chirrinche' y su revólver.
Para guindarla, tenia una estaca clavada en una pared del aposento. Cuando él regresaba a la sala, siguiendo el ritual ella le decía:
“Eduardo arrime. Está servido”. De inmediato ella salía a toda velocidad para la cocina y regresaba con un grandísimo pocillo de aluminio que mi vieja le trajo de Barranquilla.
Éste llegaba a la mesa, rebosado con leche cojosa. Esa era la cereza del postre y para que ajustara, entonces en el pocillo blanco de peltre de flores rojas y azules de aquellos que decían 'Made in China', le colocaba para que se recostara la correspondiente porción de agua dulce del molino, que siempre estaba fresca en la tinaja que tenía en un rincón de la sala, sobre un tinajero azul.
Al final, el abuelo se tomaba la mitad del agua y con el resto hacia gárgaras en el frente de la casa, debajo del palo de matarratón, donde el tío 'Chombo' nos motilaba con su tijera 'Barrilito', que tenía una alita donde él colocaba el dedo meñique.
Yo siempre me ncarapitaba sobre el cajón de las herramientas de 'Babo', que él ponía sobre un taburete y cuando me terminaba de cortar el cabello, me decía: “Allí le deje el copetico para que vacile a las muchachas”.
También recordé a los bohemios del pueblo, que hacían larguísimas parrandas cuando yo estaba muchacho. Esa gente duerme en ese lugar, con la esperanza de la resurrección.
Recuerdo especialmente cuando los tíos Fermín y Franklin Camargo, Ambrosio Deluque y 'Palle' Medina entre otros, que contrataban los servicios del Picó de Mitilia Rosado, para parrandear y las horas de servicios las contaban con granos de maíz.
Cada grano era una canción y colocaban música Ranchera de José Alfredo Jiménez, Cornelio Reyna y Antonio Aguilar.
No sólo la escuchaban, sino que estos ojos que habrán de comerse los gusanos de Monguí, los vieron a ellos bailando rancheras allí y cuando estaban emocionados hacían disparos al aire. Algo que se consideraba normal y nadie moría como ahora por ”balas perdidas”.
A propósito de disparos, el único accidente que se presentó por esos tiros al aire, fue en la mañana del 25 de diciembre de 1972, cuando Salvador Pinto y otros se encontraban de parranda en el salón de la desaparecida Meme Medina.
Cuando se escuchó la canción 'La Cita', de Poncho y Emilianito Zuleta, que había salido en el LP así titulado, él se levantó, desenfundó el revolver y disparo tres veces.
Inexplicablemente, uno de los proyectiles fue derechito al talón de la prima Rubira Ibarra, que iba pasando por allí, con una lata de Manteca 'La Sevillana”', llena de agua sobre su cabeza,.
Aquello causó gran consternación. Apagaron la música, se acabó la parranda y a Salvador lo llevaron a dormir, porque desde la noche, estaba tomando ron en el lugar.
A Rubira la acostaron sobre la cama grande, en el aposento de mi madrina Olga Ibarra, su tía.
Hasta allá fui con mi vieja. Ella de inmediato mandó a buscar a Asdrúbal Pinto, quien llegó enseguida, revisó la herida, le colocó la mano y oró en voz muy baja. De inmediato la hemorragia se detuvo y él ordenó “Ahora si llévenla al Hospital”.
Uldarico Gutiérrez sacó su camión rojo con blanco y la llevaron a Riohacha. Horas después regresaron con la paciente ya curada, suturada y mejor. Mi papá asumió la mediación. Habló con los mayores y evitó entonces, un problema familiar.
Tengo muchas cosas que decir, pero se me acabó el papel. Para concluir digo que fui feliz, pero yo no lo sabía.
¡Que orgulloso me siento de haber nacido en Monguí. Criado en hamaca, sin luz, sin acueducto, sin parques, sin internet, pero guiado por la sabiduría de mi abuelo, la inteligencia de mi padre y amparado por el lugar mas seguro que existía en el mundo: la falda calientica, de popelina o de opal de mi vieja!
Título Original: 'Reminiscencias debajo del árbol y frente a las últimas moradas'

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