Estar en silencio y escucharnos a nosotros mismos no es malo. El cerebro necesita momentos en los que no ocurra nada
El miedo al silencio: ¿por qué nos cuesta tanto quitarnos los auriculares?
. Vivimos rodeados de música, podcasts y estímulos constantes. Pero, ¿qué ocurre cuando el silencio empieza a incomodarnos?
¿Hace cuánto que sales a caminar sin auriculares? ¿O que cocinas, conduces o esperas el metro sin poner automáticamente música, un podcast o una llamada? El acceso constante al audio ha cambiado nuestra relación con el silencio hasta el punto de convertirlo en una experiencia cada vez más extraña. En esta nota exploramos qué ocurre en el cerebro cuando nunca dejamos de recibir estímulos y por qué aprender a convivir con nuestros propios pensamientos podría ser más importante de lo que imaginamos.
— Pol Bertran
Cada vez nos cuesta más estar a solas con nuestros pensamientos
Hubo un tiempo en el que caminar era simplemente caminar. Esperar el autobús consistía en observar lo que ocurría alrededor. Ducharse era un momento en el que la mente vagaba sin rumbo. Hoy, esos pequeños espacios vacíos han desaparecido casi por completo. Los llenamos con música, podcasts, vídeos, llamadas o cualquier otro estímulo que mantenga ocupada nuestra atención.
A primera vista parece una consecuencia lógica de vivir rodeados de tecnología. Nunca había sido tan fácil acceder a contenido. Basta con sacar el móvil del bolsillo y, en cuestión de segundos, una voz vuelve a acompañarnos. Pero detrás de este hábito cotidiano puede esconderse una pregunta psicológica mucho más profunda: ¿realmente buscamos entretenimiento o estamos intentando no quedarnos a solas con nuestra propia mente?
Cada vez más psicólogos y neurocientíficos apuntan hacia una idea inquietante. El problema quizá no sea escuchar música o podcasts. El problema aparece cuando el silencio empieza a resultar insoportable.
El cerebro necesita momentos en los que no ocurra nada
Existe una idea bastante extendida según la cual el cerebro solo trabaja cuando estamos concentrados en una tarea. Sin embargo, la neurociencia lleva años mostrando justo lo contrario.
Cuando dejamos de prestar atención al exterior y no existe una actividad concreta que requiera todos nuestros recursos mentales, el cerebro activa una red conocida como red neuronal por defecto. Lejos de apagarse, comienza una intensa actividad interna. Es el momento en el que organizamos recuerdos, revisamos conversaciones pasadas, imaginamos escenarios futuros, damos sentido a lo que sentimos y conectamos ideas que parecían no tener relación.
Muchas de las mejores ideas aparecen precisamente en esos momentos aparentemente improductivos. La famosa inspiración bajo la ducha, las soluciones que llegan mientras caminamos o esa claridad que aparece justo antes de dormir tienen mucho que ver con este funcionamiento.
Desde fuera parece que no estamos haciendo nada. Por dentro, el cerebro está reorganizando buena parte de nuestra vida mental. El problema surge cuando apenas dejamos espacio para que ese proceso ocurra.
Cuando llenar el silencio se convierte en un automatismo
Escuchar música tiene enormes beneficios. Puede reducir el estrés, mejorar el estado de ánimo o facilitar la concentración. Un podcast puede enseñarnos algo nuevo mientras cocinamos y una llamada puede hacernos sentir acompañados durante un trayecto largo.
Nada de eso es perjudicial. Lo llamativo es que muchas personas ya no eligen conscientemente escuchar algo. Simplemente lo hacen de manera automática. Termina una canción y empieza otra. Acaba un podcast y comienza el siguiente. Si caminamos cinco minutos hasta el supermercado, los auriculares ya están puestos antes incluso de salir de casa. La cuestión no es el contenido. Es la ausencia casi total de espacios vacíos.
Desde la psicología se habla cada vez más de la intolerancia al silencio. No porque el silencio sea peligroso, sino porque algunas personas dejan de sentirse cómodas cuando desaparecen los estímulos externos. Si olvidan los auriculares experimentan irritabilidad. Si están unos minutos sin hacer nada aparece una sensación de inquietud. En lugar de mirar por la ventana del tren, el impulso automático consiste en buscar inmediatamente algo que escuchar. Lo curioso es que muchas veces ni siquiera somos conscientes de ese impulso. Simplemente sentimos que "nos falta algo".
El ruido también puede esconder el ruido interior
Existe otra explicación interesante para este fenómeno. Vivimos en ciudades cada vez más ruidosas. Tráfico, obras, conversaciones, notificaciones, pantallas, anuncios, alarmas… El cerebro procesa muchos más estímulos de los que somos conscientes. En ese contexto, ponerse unos auriculares puede ser una forma muy eficaz de protegerse del entorno.
La paradoja aparece cuando intentamos escapar del exceso de ruido añadiendo todavía más ruido. Desde fuera parece contradictorio, pero psicológicamente tiene sentido. Una lista de reproducción o un podcast sustituyen un ruido impredecible por otro completamente controlado. Elegimos qué escuchar y cuándo apagarlo. Eso produce una sensación de orden frente al caos del entorno.
Sin embargo, no siempre es el ruido exterior lo que intentamos evitar. A veces es el interior. Quedarse en silencio implica quedarse con los propios pensamientos. Y eso no siempre resulta agradable. Pueden aparecer preocupaciones que llevábamos horas esquivando, emociones incómodas o preguntas que preferimos posponer. En ese sentido, el contenido que escuchamos funciona como una distracción muy eficaz. No necesariamente porque queramos evitar pensar. Sino porque pensar, en determinadas etapas de la vida, puede resultar agotador.
El aburrimiento no es el enemigo que creemos
Durante décadas hemos asociado el aburrimiento con una pérdida de tiempo. Si no estamos produciendo, aprendiendo o entreteniéndonos, sentimos que estamos desaprovechando el día. Pero el cerebro parece pensar de otra manera.
El aburrimiento moderado favorece la creatividad porque obliga a la mente a generar contenido propio. Cuando no recibe estímulos constantes desde fuera, empieza a producirlos desde dentro. Aparecen asociaciones nuevas, recuerdos olvidados o soluciones que antes permanecían ocultas entre el ruido.
No es casualidad que muchas personas encuentren respuestas importantes caminando, conduciendo o simplemente mirando por una ventana. Esos momentos ofrecen al cerebro algo que hoy escasea: tiempo para procesar. No significa que debamos renunciar a la música o dejar de escuchar podcasts. Significa que quizá hemos olvidado algo igual de importante. Que la mente también necesita respirar.
Recuperar el silencio sin convertirlo en una obligación
La buena noticia es que no hace falta desaparecer un fin de semana a una cabaña en mitad del bosque para recuperar esa capacidad. Los propios especialistas insisten en que bastan pequeños momentos de desconexión repartidos a lo largo del día. Caminar diez minutos sin auriculares. Ducharse sin poner música. Comer sin mirar una pantalla. Esperar una cola sin sacar automáticamente el móvil.
Son gestos diminutos, pero cumplen una función importante: volver a entrenar al cerebro para convivir con sus propios pensamientos sin sentir que necesita escapar inmediatamente. Porque el objetivo no es demonizar la tecnología. Ni mucho menos idealizar el silencio. El verdadero problema aparece cuando dejamos de poder elegir. Cuando escuchar algo ya no responde a un deseo, sino a una necesidad. Y quizá esa sea la pregunta más útil que podemos hacernos. No cuántas horas pasamos con auriculares. Sino qué ocurre cuando, por primera vez en todo el día, nos los quitamos. Si ese silencio resulta insoportable, tal vez no sea el silencio lo que nos incomoda. Tal vez sea todo aquello que llevamos demasiado tiempo intentando no escuchar dentro de nosotros mismos.
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